miércoles, 9 de abril de 2014

Capitulo 2 - Yo lo amaba. Él me amaba. ¿Qué pasó?

—¿Perdón?— fue la única palabra que puede articular en todo este desastre, en toda esta noticia, en toda esta… ¿broma?

—Ale…

Sí. Eso tenía que ser, alguien me quería jugar una broma, una broma muy pesada. Pero ¿quién? ¿Daian, mi mejor amiga? No creo, ella sabe como odio ese tipo de bromas. ¿Mike? No, él me ama lo suficiente para no hacerme pasar este mal rato, ¿Catherine? ¿André? Mi papá los mataría si supiera que han hecho eso, además mi mamá estaba aquí, ella…

—Alejandra…

¡Mi mamá! Esto no era una broma, no PODÍA ser una broma. Mi mamá estaba aquí y ella no participaría en algo así, ella no se prestaría a este tipo de juegos. Entonces… ¡NO! Esto… esto… ¡No puede ser!

—¡Alejandra!— levanté la cabeza de golpe, y me maree un poco.

—¿Qué?

Era el doctor—Tranquila, esto pasa a veces ¿sí? No te alarmes…

Exploté. — ¿¡Qué!? ¿Cómo quiere que no me alarme? —Levanté  más la voz. — Usted está aquí, diciéndome que hoy es veintinueve de abril de dos mil quince ¡DOS MIL QUINCE! Por Dios, eso es para estar alarmada. Estar casi al borde de la locura. Eso…eso quiere decir que me he perdido ¿qué? ¿Dos años? Eso significa que…  por Dios tengo veintitrés años. ¿Dónde están esos dos años? Esto no debe ser… esto… esto está mal… tan mal….Yo…. No…. —No podía respirar, me faltaba aire  y veía borroso.
Vi como Lisa y el doctor se me acercaban rápido y manejaban algún tipo de máquina, mientras Adele trataba de tranquilizarme, y mi mamá les preguntaba qué rayos me sucedía.

—¿¡Qué le pasa!?— Preguntaba mi mamá, con desesperación genuina—Doctor…

—Tranquila, señora Cameron —decía el doctor Williams—,  ella está hiperventilando, manténgase atrás.
Creo que ella le hizo caso, pues ya no la escuché hablar, ni la vi en mi campo de visión.

—Tranquila, Ale…—decía Adele—. Respira calmadamente. Vamos tu puedes. Respira…. Adentro… afuera….

Trataba desesperadamente de seguir las instrucciones de Adele, luchaba contra todo mí ser. —Vamos, Ale….

Aire. Ahí estaba. Llegaba a mis pulmones. Lo sentía. ¡Gracias Dios! Aire.
Me quedé tranquila y sentía mucho sueño.

—Se estabilizó —dijo Lisa. Comencé a ver mejor y  vi como inyectaba algo en mi brazo.

—Bien hecho, Ale— me dijo Adele. Fue lo último que escuché.

***
No podía creerlo.

¿Dos mil quince?

Esto no es cierto, ¿dónde están esos dos años? ¿Y el dos mil catorce? ¿Simplemente no los recuerdo?
Recordaba mi reacción al momento de haber despertado después de lo que me inyectó Lisa:

—Te veo más tranquila —me dijo el doctor.

—Gracias a lo que me dieron, supongo —le contesté, sin mirarlo.

—Pero ahora que te encuentras más tranquila, puedo explicarte mejor —me dijo él—. Lo que está pasando no es nada malo. Me refiero a cuestiones en tu sistema, tu cerebro. Esto es bastante normal después de tener un golpe en la cabeza. Sin embargo,  entiendo que estés frustrada por no recordar muchas cosas, en especial, cuando la cantidad de recuerdos es tan significativa como la que tú has perdido.

—Pero es que no lo entiendo…—lo miré—. ¿Quiere decir que he estado en coma dos años?

—No, Alejandra. Tú tienes solamente cuatro días de estar acá. No lo recuerdas porque estuviste inconsciente, te trajeron de emergencia por un golpe ocasionado por una pelota de béisbol. Debo señalar que el golpe fue en un lugar bastante estratégico, para que las secuelas sean de gran magnitud. Tus recuerdos se han ido. Y por lo ocurrido y según nuestros cálculos parece ser que no recuerdas desde el año dos mil trece, es decir, no recuerdas dos años, no sabemos desde qué fecha exactamente, eso lo puedes averiguar tú. Pero has olvidado desde ese año hasta hace cuatro días. El día del accidente con la pelota.

“Increíble” había pensado después de su explicación. Y al cabo de un rato me había quedado dormida.
Había despertado hacía casi una hora, eran casi las dos de la madrugada. Y no podía seguir durmiendo. Mi mamá estaba conmigo, era la única en la habitación. Dormía.

Como pude quité las sabanas, me levanté de la cama y caminé lento hasta el baño. Lo hice por dos motivos: Uno, las necesidades llaman; y dos, quería un espejo. Si era cierto que estábamos en el dos mil quince yo tendría alguna especie de cambio ¿cierto?

Después de haber satisfecho una de mis necesidades básicas, me acerqué con cuidado hasta el espejo. Tenía miedo de lo que pudiera ver y si ¿no era yo? Y si ¿me había hecho algo en la cara? Y si ¿me daba un infarto? No. Espera. Eso no era posible, no podía tener cambios tan drásticos en dos años.

Me acerqué lentamente, con los ojos cerrados llegué al espejo. De la forma más lenta posible los abrí y…
Ahí estaba.

Yo. Sin muchos cambios, solo tenía el cabello más brillante y estaba un poco más delgada. Pero de ahí era yo.

 Alejandra Cameron.

Salí del baño. Mi mamá seguía durmiendo en el sofá tal como la había dejado. A lado de ella, en una mesita, se encontraba una revista, la cual parecía haber sido leída por mi madre antes de quedarse dormida. Me acerqué y busqué lo único que quería leer y ahí estaba.

 La fecha.

 La observé sin querer aceptarlo aún. Pero ahí estaba. Esos números negros en la parte superior derecha.

Miércoles 29 de abril de 2015.

Regresé a la cama, me acosté y traté de dormir.

Pensé en que tenía que saber que había sucedido. Si no fue el accidente de las escaleras ¿qué fue lo que me trajo aquí? ¿una pelota de béisbol?

Imposible.

Me quedé dormida con una sola pregunta en mi mente: ¿Qué pasó?

***
Desperté.  

Y me encontré con la misma habitación, con el mismo olor, los mismos colores, la misma maldita luz en la cara.

Traté de sentarme y me costó hasta que alguien me ayudo. Ya cuando estaba sentada me di cuenta que era mi mamá la que me había ayudado.

Se le veía igual, cansada, desgastada.

Mi madre era alta, y normalmente aparentaba menos años de los que tenía, aunque ahora si parecía de su edad y creo que hasta un poquito más. Es delgada pero tiene sus curvas, las cuáles, siendo ella mamá de tres hijos, no entendía como aún las conservaba. Es amable. Pero un tiempo antes de irme de mí casa, noté algo en ella. Algo que hizo que ella dejara de brillar.

—Hola —me dijo—. ¿Estás mejor?

Asentí con la cabeza, despacio, por miedo a que me doliera.

— ¿Qué horas son? —pregunté.

—Son las nueve de la mañana.

Observé la habitación y había alguien en el sofá, dormido.  Un chico.

André.

Podría reconocer esa cabeza castaña peluda en donde fuera. Mi hermano. Ahí estaba acompañándome, despatarrado como solo él podía hacerlo.

—Lleva casi cuatro horas dormido— dijo mi mamá. —Estaba preocupado. Tu hermana y tu papá fueron a casa. No tenía sentido que se quedaran —la miré—. Le dije lo mismo a André, pero no quiso, decidió quedarse.

Sonreí. A pesar de todo, sabía que mi hermano siempre me querría y yo a él. Lo amaba.
Se movió, bostezó y se estiró como un gato que acaba de tomar una siesta. Se sentó y se pasó las manos por la cara.

 Lo observé y podría decir con toda seguridad que mi hermano era apuesto. Era mayor que yo por tres años. Recuerdo que en la secundaria cada chica quería ser mi amiga o ir a mis fiestas, solo para verlo. Tenía una muy buena altura 1.80 para ser exactos. Buen cuerpo, el pasar y casi vivir en el gimnasio hacía eso, aunque noté que lo había mejorado más. Y si Colton Haynes fuera más alto fuera casi su mellizo. Casi.

Se levantó y se tambaleó un poco. —Ya regreso… —bostezó— Voy por algo de tomar, un café o un chocolate, quieres que….

Me vio.

—Ale… —se acercó sigilosamente, como si no quisiera espantarme—. Despertaste fea durmiente.
Puse mis ojos en blanco. —Ni siquiera en un hospital puedes ser serio ¿cierto?

Negó con la cabeza— Eso no va con mi personalidad, no sería tu hermano. No sería André Cameron. Solo sería… Alguien guapo.

Ahí estaba mi hermano, señoras y señores —Cierto. —sonreí—. Quédate con la personalidad, porque con lo de “guapo” morirías de hambre, querido hermano —mentí.

Se rió y se acercó más y me despeinó más de lo que ya estaba —Bueno, tú no serías mi hermana si no contestaras de esa manera.

—Déjame —chillé

—Deja a tu hermana, André —dijo mamá, como siempre me rescataba de él. Luego André quitó su mano de mi cabeza y le preguntó a mi mamá—: ¿Quieres algo de la cafetería? Yo voy por algo para tomar.

—No, gracias —dijo mi mamá.

—Ok, entonces, me voy. Si no regreso pronto, no se alarmen, será porque encontré algo interesante que ver… o hacer. —Se rió mientras salía.

La habitación quedó en silencio. Ni mi mamá, ni yo dijimos nada. Pero tenía que hablar con ella preguntarle qué exactamente estaba pasando.

Me giré y la observé. Ella leía mensajes en su celular.

—Mamá… —dije.

Ella levantó la vista de su celular y dirigió su mirada a mí.

—¿Qué exactamente sucede? No entiendo eso de la pelota de béisbol y… ¿cómo es eso de que… estamos dos años en el futuro?

Porque para mí era el futuro. Mi mamá solo me observó con sus ojos castaños idénticos a los míos. 

Abrió la boca como queriendo decir algo y luego la cerró. Retomó diciendo—: No lo sé. —suspiró. —Tampoco lo entiendo, Alejandra.

***

Amnesia retrógrada.

¿Eso fue lo que dijo el doctor Williams?

Amnesia retrógrada.

Lo escribí en Google y fui a mi más leal amiga Wikipedia, me lanzó lo que quería:  

“Es un tipo de amnesia caracterizada por la incapacidad de recordar los eventos ocurridos antes de la lesión cerebral… Esta es una amnesia del tipo declarativa, específicamente, memoria episódica, ya que no se pueden recuperar recuerdos de eventos o hechos de la vida propia”

No encontré nada nuevo. El doctor nos lo explicó casi de la misma manera.

Tenía casi un día completo de estar despierta y no veía ningún indicio de Mike. Quería llamarlo. Me parecía extraño que no estuviera aquí. Conociéndolo bien, hubiera dormido en ese sofá y estaría sentado ahí en este mismo momento. Nadie lo podría levantar de ahí. Ni siquiera mi papá.

Tocaron la puerta. Y se abrió.

Detrás de muchos globos y un peluche grande, estaba una persona.

Oh. Catherine.

—¡¡Hola!! —Cantó mi hermana pequeña. Esa niña, que ya no era niña y que siempre andaba de buen humor.

—Hola, ¿Ya vienes a despertar a los pacientes? —le pregunté en parte en broma y en parte verdad.

—Pues ¿qué harían sin mí?

— ¿Dormir?

—Ja, ja. Qué graciosa. Si no les canto yo, entonces ¿Quién?

Iba a decir “De eso se trata”, pero me mantuve. Si no, esta conversación se haría para largo.

Mi hermana es muy bonita, es dos años menor que yo, pero más alta. Si. Exacto.  Yo era la enana de la familia, pero no me importaba. Ahora que la miro detenidamente ha crecido un poco más. Demonios.

Era normal que a Catherine le propusieran muchas citas, pero ella se inclinaba siempre por salir con amigos y amigas al cine. Si hablamos de los gustos de mi hermana, por encima de todo eso,  prefería quedarse en casa y ver sus adorados japoneses o asistir a convenciones anime ¿qué cosa con el Anime? Tenía el cabello castaño, más castaño que mi hermano y yo. Casi parecía rubio si lo veías en el sol.

— ¿Cómo estás? ¿Cómo llevas lo de la amnesia? —me preguntó.

—Mejor, digo yo.

—Ya verás que todo estará bien, Ale.

—Gracias ,Cath.

Estaba a punto de preguntarle sobre Mike, cuando se abrió la puerta.

Era mi madre. Segundos después entró Adele.

—Hola Ale, tienes una visita. —dijo Adele.

¿Una visita?

—Tu novio— explicó Adele.

Mi cara se iluminó y mi sonrisa se ensanchó tanto que a lo mejor parecía el Grinch cuando acababa de realizar una travesura.

— ¿Chris está aquí? —preguntó mi hermana.

¿Chris?

—Sí. —dijo mi mamá

—Y quiere ver a tu hermana—terminó Adele, con una sonrisa. Luego fijó su mirada en mí y dijo—: Tu novio quiere verte, Ale.

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