sábado, 6 de febrero de 2016

Prólogo - Aunque tú no lo sepas


Lynn
Para: Austin H.
De: Lynn Hoover
Estoy muy nerviosa, Austin.
Es mi primer día. Espero todo me salga bien y esta vez sí pueda seguir tranquila. Aún no estoy muy convencida pero tenía que hacer algo ¿no?
Bueno me despido. Iré a explorar el lugar. ¡Tqm! Bye.
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Para: Lynn Hoover
De: Austin H.
Tranquila, Lynn. Tú puedes
Eres fuerte y una gran persona. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, si quieres decir algo, ¡ACÁ ESTOY!
Estaré esperando cualquier cosa que quieras escribir. Sea bueno o malo. ¿Está bien?
Que disfrutes tu exploración. Ánimos y espero tu respuesta. ¡Igual te quiero mucho, Lynn-Lynn!
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Para: Lynn Hoover
De: Jules
¿Dónde RAYOS Y DEMONIOS ESTÁS?

¿¿¿Qué te pasa??? ¿Solo te largas sin decir nada? ¿Qué pasa contigooooo????
Comunícate conmigo inmediatamente, Cinder. No me hagas buscarte.

 
 <-----Sinopsis              Capítulo 1----->

Capítulo 1 - Aunque tú no lo sepas

Mason

—¿Sí o no?

—Claro que sí, hombre.

Era el regreso a clases y me sentía bien. Mi mañana había iniciado con pie derecho y seguía subiendo. Había llegado temprano junto con mi mejor amigo Dylan para instalar nuestros cachivaches en la habitación. Nos habíamos acomodado, arreglado nuestras cosas muy a lo tranquilo. Y ahora pasábamos el tiempo en una de las mesas del campus.

—¿Lo ves? Yo lo sabía. Ella llama mucho la atención. Tiene que ser nueva —le dije a Dylan.

—Sí. Tiene que ser —contestó él—. En los casi tres irrecuperables años de mi vida que llevo metido en esta universidad, jamás la había visto. Y digo, ella es de notarse.

Lo miré significativamente y entonces él se dio cuenta de lo que había dicho. Quiso rectificar—: Hermano, tú sabes lo que quiero decir. No es exactamente que la quiera para mí. Ni siquiera es mi tipo —se reacomodó en la silla, incómodo.

Yo solo me reí. Sabía perfectamente que esas no eran las intenciones de mi mejor amigo. Pero me encantaba hacerlo sufrir. Divertido.

Conocía a Dylan desde el jardín de niños. Nuestra amistad inició por un problema en común. En el jardín de niños nos molestaba un chico, lo hacía por separado. Si no lo estaba molestando a él, estaba molestándome a mí. Siempre lo hacía en tiempos donde sabía que la maestra no lo vería. Un día decidí que era suficiente y hablé con Dylan, entre los dos tendimos una trampa. Mientras él bravucón me molestaba y me daba casi una paliza, Dylan corrió a avisarle a la maestra; ella llegó de inmediato y detuvo al grandulón. Llamaron a mis papás, a los papás de Dylan y a los papás del susodicho. Lo expulsaron y nunca volvimos a saber nada de él. Desde entonces, Dylan y yo, hemos hecho todo juntos. Nos contamos cada cosa y nos hemos ayudado en situaciones que ni siquiera un hermano de fraternidad hubiera ayudado.

Dylan era el chico amigable, que agradaba a las chicas. El típico romántico-cursi. Pero le servía al cabezota. Lo había visto salir con chicas casi modelos y otras que en realidad si lo eran. La estatura de él era alcanzando el metro ochenta y estaba en forma. Había tenido dos novias serias. La última, Mariza, lo había dejado destrozado y él tenía sus razones. Este nuevo año me había propuesto a que se olvidara de esa chica.

Yo me consideraba un buen prospecto. Mi estatura era igual que Dylan. Visitaba seguido el gimnasio por las mañanas antes de mis clases y practicaba algunos deportes como el fútbol americano y el basquetbol. De hecho, la beca que mantenía y que pagaba todos mis libros era de fútbol. En fin, no creo estar mal. No me consideraba un Casanova. Pero no era un santo. Toda la universidad lo sabía. Si había una chica que me agradaba iba por ella. Había tenido solamente una novia y había sido en secundaria. Desde entonces no había vuelto hablar del tema. He salido con muchísimas chicas. Si una chica llamaba mi atención pasaba el rato con ella. No me gustaba la idea de ser un prostituto. Aún conservo algunos principios, ¿saben? Y todo gracias a mi mamá.

—Hola, chicos —dijo una voz femenina, detrás de nosotros.

Dylan y yo nos giramos y vimos cómo se acercaban Lucy, Emma y Melissa. Seguidas por Marco.

—¿Qué tal, hermano? —dijo Marco, chocando su puño con el mío y luego a Dylan.

Dylan se volvió hacia las chicas y preguntó—: ¿Qué tal, chicas?

—Nada nuevo —dijo Emma.

—Todo tal y como lo hemos dejado —agregó Melissa.

Habíamos conocido a Marco en el equipo de fútbol. Era un chico alto como Dylan y yo, pero  a diferencia de nosotros era más delgado. El chico tenía su encanto, aunque estaba un poco loco. Siempre andaba con una gorra hacia atrás y daba el aspecto que toda la vida pasaba bronceándose, pero nos dimos cuenta que Marco en realidad tenía la piel de ese tono. Sus padres eran italianos, pero Marco no.

Conocimos a Marco, exactamente en el primer entrenamiento con el equipo. Se nos pegó como sanguijuela, así que, qué más daba, lo dejamos estar. Sin embargo, no sé cómo pensamos que Marco era una persona cuerda cuando, en realidad, era una bomba de locura a punto de estallar en cualquier momento. Salía de vez en cuando con alguna chica, pero creo que no lo soportaban. Aun así, Marco tenía madera de amigo, un muy buen amigo. Nos habíamos acostumbrado a él y a su nivel de locura.

Luego llegaron las chicas. Oh, Dios. Las chicas. Fue gracioso como nos habíamos hecho amigos con ellas. Las conocimos casi dos semanas después de haber iniciado las clases. Más bien Marco las conoció… o conoció a Melissa, mejor dicho.

Caminábamos por el campus y Marco nos iba mostrando su baile exótico que consistía en cualquier tipo de pasos combinados con pasos de hip hop;  siempre lo hacía cuando ganaba una apuesta. Ese día había ganado una a Dylan. Marco iba delante de nosotros bailando de espaldas, cuando de repente una chica salió de la nada y él no la vio.

—¡¡Cui…!!—la palabra murió en mi boca. Demasiado tarde.

Chocó con la chica derramando los dos refrescos que ella llevaba. Marco hizo más malabares de los que yo había visto en un circo, tratando de que la chica no cayera al suelo. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue invertir papeles, fue él quien cayó de bruces haciendo que ella cayera encima de él. Aterrizaron en el suelo bañados de refresco.

Dylan y yo nos apresuramos a ayudar. Yo levanté a la chica y Dylan ayudó a Marco. Inmediatamente Marco se quiso disculpar con ella, pero en cuestión de segundos estaban ahí otras dos que le gritaban a Marco.

—¿¡Estás ciego!? —gritó una.

—¿¡No te fijas, idiota!? —le espetó la otra.

Ellas se intercalaban. Mientras una agredía verbalmente a mi amigo, la otra checaba si la chica bañada en refresco estaba bien.

Marco estaba rojo de la vergüenza.

—Pe…perdón, no me fijé… fue… fue un accidente —tragaba e intentaba de nuevo.

Dylan y yo ayudamos a Marco e intentamos tranquilizarlas y explicarles que todo había sido un accidente.

La que más gritaba y no aceptaba nuestras disculpas era esa pequeña rubia que no llegaba ni al metro sesenta de altura. Pero, por Dios, como peleaba. ¿Cómo algo tan pequeño podía mantener tanta pelea dentro?

Discutimos hasta que llegamos al acuerdo de comprarles los refrescos de nuevo. Después que la chica y Marco se cambiaran de ropa, las llevamos por sus bebidas. Mientras las comprábamos, nos conocimos. Supimos que la chica que chocó con Marco se llamaba Melissa, la pequeña rubia que nos gritaba como delincuentes era Lucy, y la que más nos agredió verbalmente con palabras que no puedo ni recordar (creo que lo hizo en otro idioma) se llamaba Emma. Nos caímos muy bien.

Desde entonces nos hicimos muy buenos amigos. De eso hace tres años y siempre contamos esa anécdota para reírnos, o para molestar a Marco y su sonrojo inolvidable.

Podía decir que cada una de las chicas tenía su característica peculiar. Como si al conocerse entre ellas se las hubieran repartido.

Melissa era la más coqueta de las tres chicas, siempre la veías rodeada de chicos y teniendo citas, pero nunca nos ha presentado un novio formal; es alta y se viste muy bien y a la moda, su cabello es color café y lo cuida más que cualquier cosa en este mundo.

Emma era la más parlanchina, nunca lograbas callarla y si algo no le gustaba no dudaba en decirlo y discutirlo. Todo el mundo en la universidad la conocía. Estudiaba Relaciones Públicas, una carrera perfecta para ella; Emma tiene el cabello negro y corto, es tan alta como Melissa, tenía su propia forma de vestir y ha tenido un novio, con el cual terminaron de mutuo acuerdo. También es buenísima jugando al ajedrez, lo digo por experiencia.

Lucy, en cambio, es todo lo contrario a Emma, no habla mucho y sus conocidos son contados, no digamos sus amigos. Fue difícil, pero después de un tiempo se sintió más cómoda en nuestra presencia masculina. Estudia leyes. Pero créeme, verla gritar y exigir sus refrescos (porque fue ella la que los exigió), no dudamos en que estaba en la carrera correcta para ella. Yo pagaría mucho dinero por tenerla como mi abogada y quisiera retirarme inmediatamente si la tuviera en mi contra. Lucy es una chica bastante pequeña, me llega muy abajo de la barbilla; es rubia, sus ojos son oscuros y es la sentimental del grupo. Melissa siempre la compara con Ellie Goulding, pero una versión más pequeña y más joven. Había asignado como tono de llamada “Starry Eyed”, para cuando Lucy le llamaba; ya que, según Melissa, era en ese video donde Lucy se parecía mucho más a la cantante británica.

Y esas eran las chicas.

—¿Y qué hacían? —preguntó Melissa, mientras se sentaba y se alisaba el cabello con sus dedos. Melissa era muy bonita. Y muy sexy, he de agregar. Cuando la conocí mi primer pensamiento fue invitarla a salir, pero en ese momento salía con otro chico, así que no lo hice. Cuando dejó de verlo, ella ya tenía el siguiente en lista de espera. ¿Hacer fila, solo por un momento? No, gracias. Después de eso Melissa se había convertido en mi amiga y no volví a sentir interés en ella de esa manera. Sin embargo, Melissa no era ninguna fulana; cuando estaba con un chico, solo estaba con él. La diferencia era que en su vocabulario no existía la palabra “formal”, ni “noviazgo”. Simplemente “salía” con ellos. Sus relaciones duraban un mes o dos, y luego lo dejaba. Así de simple.

—Mason quería saber si la chica que está cerca del puesto de café es nueva —contestó Dylan, haciéndome regresar al presente.

Todos se giraron en busca de la chica.

—¿Cuál chica? —preguntó Emma.

—La que usa el suéter morado —indicó Dylan.

—Parece nueva —contestó Lucy—. Nunca la había visto antes. O bueno, eso se lo puedes preguntar a Emma. Ella podría decirles.

Todos nos dirigimos a Emma. Ella observaba a la chica y luego hizo una mueca pensativa.

—Se me hace conocida —contestó, mirándola aún—. Pero no recuerdo —se giró a nosotros y me miró—. Sin embargo, acércate, chico. Adelante, león.

Observé a la chica desde donde estábamos sentados, y podía decir que era tal y como siempre las he buscado: alta, desde donde estábamos podía ver que sus piernas eran hermosas, su cabello era de un negro casi azul, morena. En fin, mi tipo de chica.

Pero había algo que me detenía.

—¿Le vas a hablar, Mase? —me preguntó Dylan—. Porque si lo vas a hacer, hazlo ya, hombre.

—Antes de que lo haga yo —dijo Marco, riéndose como loco, y aullando.

Miré a Marco y negué con la cabeza. Oh, Marco. En realidad no tenía ganas de comenzar una conversación con nadie. Me levanté y dije—: Vamos, Dylan.

—¿Desde cuándo pides apoyo moral, hermano? —preguntó este, divertido.

—No es apoyo —repliqué—. No me acercaré a la chica.

—¿Cómo? —preguntaron Emma y Melissa al unísono asombradas. Lucy y Marco solo me miraron con los ojos abiertos.

—Iré solo a comprar un café. No a hablar con ella. Si ella se acerca, no habrá problema, pero no pienso acercarme. Quiero un par de vacaciones.

Todos lanzaron carcajadas al cielo.

—Hasta que tu apetito se redujo, señor Souls —dijo Emma y luego pensó un poco—. Maduraste a tus veintitrés.

—Algo así —dije riendo entre dientes—. ¿Alguien quiere algo?

—Yo te acompaño— dijo Melissa y se puso de pie.

Dylan la imitó—: Iré con ustedes —dijo.

Caminamos hasta el puesto de café y nos colocamos en la fila detrás de una chica de pelo castaño rojizo. Me percaté que la chica me llegaba más abajo de la barbilla, era bastante pequeña, como Lucy. Observé que casi se ponía de puntitas para ver la parte superior de los postres. Sonreí.

—¿Quieres que te ayude? —pregunté a ella, sin saber por qué había preguntado eso.

Ella me miró confundida. —¿Perdón?

—Te puedo ayudar. Te puedo decir los nombres de los postres de la parte superior, si quieres —expliqué.

—No, no, gracias —dijo ella, sonriendo amablemente—. Solo quería verlos. No ordenar uno.

—¿Lo hiciste? —pregunté curioso.

—¿Hice qué? —preguntó ella tímidamente.

—Ver los postres —indiqué, sintiéndome un poco curioso por su timidez y por… su cabello. ¿De verdad el cabello natural de alguien podía ser de ese color? Era castaño, pero al mismo tiempo era muy rojizo. Extraño y… muy lindo.

—Sí, lo hice. Descuida —contestó.

—¿Y vas a comprar uno? —dije, sin apartar mi atención de su cabello.

—No. Solo quiero un Latte —contestó ella, y caminó cuando la fila avanzó.

—Bien —me giré a Dylan y este me miraba con las cejas levantadas—. ¿Qué? —pregunté encogiéndome de hombros—. Quería hacer la buena acción del día, hermano.

—Ajá —Dylan reprimió una risa y miró hacia los cafés.

—Quítate —dije a Dylan y lo lancé por allá, me acerqué a Melissa—. ¿Qué crees que sería bueno? —le pregunté—. ¿Qué pedirás tú?

—Creo que un Mocca

—Bien.

Miré al chico encargado del puesto e hice el pedido de ambos.

—¿Ya tienes planes para esta noche? —pregunté regresando mi atención a Melissa.

—En realidad no —dijo ella, haciendo una mueca.

—¿Te gustaría tener planes? —pregunté divertido.

—No lo sé. Dímelo tú, Mase.

—¿Y yo por qué sería…?

—Oye, Souls —hablaron desde atrás en la fila. Miré hacia ahí.

—¿Qué quieres, Todd? —pregunté un poco molesto y vi como Melissa se ponía tensa.

—Muévete. La fila no avanza por ti y tu conversación.

Miré un poco sobre mi hombro y no vi a la chica de cabello rojizo. Se había ido. Era mi turno.

—Luego haces… lo que sea que estés haciendo con Melissa —siguió Todd y la carcajada que dejó salir después de lo que dijo me hizo cerrar las manos en puños.

—Déjalo, Mase —susurró Melissa.

—¿Tienes algún problema con eso, Todd? —pregunté, ignorando la petición de Melissa.

—En realidad, sí —contestó él.

—Bueno, entonces trágatelo ¿quieres? —espeté con una sonrisa con nada de humor.

—¿Cómo dices? —preguntó él y se acercó a mí.

—No importa —dijo Melissa, metiéndose entre nosotros—. Mason, vamos. Camina.

—Déjalo así, Mase —dijo Dylan apartando suavemente a Melissa y tomando a su posición—. Apártate, Todd. Solo buscamos un estúpido café.

—Repítelo, imbécil —me urgió Todd.

—Además de idiota eres muy lento, hombre —dije después de una risa seca.

Entonces sin darme tiempo, el muy idiota me empujó demasiado fuerte y mi espalda choco contra algo. Perdí el equilibrio un momento, pero me recuperé muy rápido. Iba a abalanzarme sobre el imbécil, cuando escuché jadear a Melissa.

Melissa miraba atrás de mí y me giré para ver a la pequeña castaña atrás de mí.

¿Ella no se había ido?

Había chocado con ella y había derramado su café en su blusa blanca. Ella solo estaba ahí parada, inclinada hacia adelante, sin decir nada. Su blusa estaba completamente empapada de…

“No. Solo quiero un Latte”

¿Un… latte?

Esas habían sido las palabras de la chica hace un momento.

Dios, le había echado un café caliente encima.

¡CALIENTE!

En cuestión de segundos mi cabeza se había transportado al pasado. Pero me obligué a no hacerlo y regresar a la situación. Tenía que hacer algo de inmediato.

Sin pensarlo, tomé a la chica del brazo y comencé a empujarla para que caminara. Algo se cayó de su mano, pero no hice caso. Cuando comencé a trotar, la jalé del brazo para que se moviera más rápido.

—¡Mason! —escuché gritar a Dylan y luego Melissa gritó algo más. Pero no me detuve.

¡Dios, necesitaba llegar a la enfermería, esta chica se estaba quemando! Pero ella parecía haber quedado en estado de shock. Yo prácticamente arrastraba a la pequeña chica y tropezaba con ella. ¿Ella no podía caminar? Lo hacía tan despacio. Pero entonces me di cuenta que sus pequeños pies no eran lo suficientemente rápidos, para seguir mis pasos.

—Demonios —mascullé. Entonces me incliné y la tomé en brazos. Fue entonces que comencé a correr. A correr de verdad.

Ella no pesaba, absolutamente, nada. Era como si corriera con un pequeño saco de harina en mis brazos. También era consciente de las miradas que la gente me lanzaba cuando pasaba casi volando a su lado.

Llegué al edificio donde estaba la clínica de la universidad. Me giré y empujé las puertas dobles con la espalda. Llegué al escritorio donde una señora vestida de blanco estaba sentada. ¿Enfermera?

—¡Necesito que ayude a esta chica inmediatamente!

—¿Pero qué…? —comenzó la señora.

—¡Le tiré un café caliente encima! ¡Por favor, ayúdela! —la corté.

La señora salió rápidamente de detrás del escritorio. —Ven por aquí —dijo ella y caminó rápidamente hacia una habitación, yo la seguí con la castaña en brazos.

La enfermera me indicó una camilla y yo deposité a la chica muy despacio.

—Tiene que ayudarla ya —dije rápidamente, girándome a la enfermera.

Sentí que me tomaron la camisa desde atrás.

—Hijo, ahora mismo estoy sacando lo necesario para las quemaduras —dijo la señora.

—Oye… —dijo una voz suave.

—¿Puede darse prisa? —pregunté a punto de perder la cordura. ¡Era una quemadura, tenía que hacerlo más rápido, maldita sea!

—Disculpa… —repitieron más insistentemente.

—Es solo café, muchacho —dijo la señora. ¿QUÉ?—. A todos nos pasa. Primero tengo que preparar esto; después necesito quitarle la blusa para revisar lo que ha pasado; y  luego...

Sin pensarlo dos veces me giré a la chica y, en cuestión de segundos, le saqué la camisa por la cabeza, como si fuese lo más normal del mundo.

—¡Oye! —gritó la chica, llevándose las manos debajo de la barbilla y tapándose.

Tomé la blusa más fuerte en mi puño y la miré. —Por favor, perdóname —dije muy cerca de su rostro—. No quise hacerlo. Pero tranquila, tranquila. La señora aquí va a detener el dolor y… y… todo estará bien. ¿Me oyes?

—¡Devuélveme mi camisa! —dijo la chica.

—Tranquila…

—¡Mason! —gritaron desde afuera.

—Bueno, jovencito, debe salir, porque… ¡Oh, Dios mío! —terminó la señora al darse la vuelta y ver que la chica no tenía la blusa en su lugar. Pero yo ni siquiera había visto nada de la chica ¡Yo solo quería que la tratara, y no sentirme culpable!

—¡Mason! —gritaron de nuevo.

—Solo, cuídela —le dije a la enfermera, señalando a la pequeña castaña. Me dirigí a la puerta y salí.

Cerré la puerta y miré a Dylan aproximándose.

—Mason, ¿qué hacías? —me preguntó Dylan.

—No puedo creer que le haya tirado el café encima, D.

—Pero, hermano…

—¿No entiendes cómo me siento?

—Mason…

—Disculpa, jovencito —dijo la enfermera saliendo de la habitación. ¿Tan rápido? Me apresuré a ella.

—¿Ya está? ¿Es grave? —pregunté a tropezones.

—Mason… —dijo Dylan.

—No. No es grave —dijo la enfermera. Me sentí aliviado de inmediato, hasta que dijo—: Ella no tiene nada.

Me quedé quieto un momento. —¿Qué?

—Hermano —habló Dylan.

—¿Qué quiere decir? —pregunté, ignorando a Dylan—. ¿Cómo que no tiene nada? Yo le vi el café en la camisa ¿cómo no puede haber quemaduras? Su camisa no pudo detener lo caliente ¡Es imposible!

¿Esta mujer no podía hacer su trabajo?

—Mason —volvió a decir Dylan, poniendo su mano en mi hombro.

—Dylan tú no entiendes...

—¡Escucha, Mase! —insitió Dylan más fuerte—. Tú nunca le tiraste un café a esa chica.

Me detuve de nuevo al escuchar a Dylan ¿Yo nunca qué? Miré hacía él.

—¿No viste cuando choqué con ella? —pregunté incrédulo de lo que acababa de decir.

—Sí, sí lo vi…

—Entonces, cómo…

—¡Porque fue un frapuccino, hermano! —dijo Dylan, girándome más hacia él—. Lo que le tiraste encima fue un café helado. Fue un… frozen.

—¿Qué? Pero… —me detuve. ¿Un café helado? Le había derramado un…—. Pero no puede ser. Ella pidió un Latte, ella me dijo que iba a pedir un café caliente.

—Pues no fue así —replicó Dylan, alzando la mano en la cual llevaba un vaso de plástico, vacío con restos de café y con el estampado del local. El vaso estaba abollado y estrujado—. Este es el vaso que aplastaste contra ella; a la chica se le cayó cuando te la llevaste contigo. Intenté alcanzarte para decírtelo, pero… volaste, Mason. No pude alcanzarte. Jamás te había visto correr tan rápido —sonrió un poco—. ¿Por qué no lo haces así en el campo de juego, eh?

Entonces… yo no había tirado ningún café caliente encima. La chica estaba bien… yo… estaba bien. Todo estaba bien. Sentía el aire entrar a mis pulmones y luego salir. Por lo que podía recordar, había olvidado cómo indicarle a mis pulmones hacer eso.

—Sí, cariño. Ella me lo ha explicado —dijo la señora.

—Mason ¿estás bien? —preguntó Dylan.

Asentí rápidamente y lo miré. —Sí, estoy bien.

—Ella puede irse —dijo la enfermera, luego me preguntó—: ¿La jovencita es algo tuyo?

—No —contesté—. Acabo de conocerla en el puesto de café.

Ella sonrió. —Bueno, no hay nada que deba recetarle; además de una ducha —dijo ella alegremente.

—Bien, gracias —musité.

—No, gracias a ti —dijo ella—. Nunca había visto a alguien preocuparse tanto por otra persona, cariño —la señora avanzó hasta el escritorio—. Solo se pondrá la blusa y se podrá ir —dijo sobre su hombro, alejándose.

¿Su blusa?

Mis ojos se abrieron como platos y miré a mi mano.

La prenda aún estaba enrollada entre mis dedos ¡Yo tenía su blusa! Ni siquiera me había percatado de ello.

—Esa es la blusa de la chica ¿cierto? —preguntó Dylan sin inmutarse.

 
Lynn

Idiota, fue mi primer pensamiento, cuando todo terminó.

¿Y cómo no? Me había quitado la blusa de un tirón. ¡Me la había arrancado, prácticamente! Pensé en que ese chico debía tener experiencia, mucha experiencia, quitando la ropa a la gente (a las chicas, específicamente); pero, ese no era mi asunto así que lo dejé pasar. Volví a enfurecerme cuando recordé cómo me la había quitado y me había dejado con mi sostén.

Pero entonces recordé las palabras del chico. Estaban llenas de preocupación. Recordé el motivo por el que me había arrastrado hasta aquí.

Él pensaba que me había tirado el café encima. Un café “caliente” encima. Aún no entendía su reacción. Una persona normal solo hubiese buscado agua y algo para ayudarme; pero no me hubiese arrastrado hasta una clínica. Además, ¿cómo no se dio cuenta que el café que me había derramado no estaba caliente? Ah, ya lo recordaba. Estaba enzarzado en el mejor flirteo de la historia con la chica-piernas-largas de su lado, preguntando sobre sus planes en la noche y luego había discutido con algún ex muy celoso de la chica.

Después que lo empujaran y el café aterrizara en mi blusa, por algún extraño motivo, no pude explicarle que el café que me había derramado encima no estaba caliente. Su reacción me había dejado anonadada y no podía hablar. Mucho menos, pude hacerlo, cuando me tomó en brazos y corrió hasta la clínica.

Sí, me había arrancado la camisa; pero sus intenciones habían sido buenas. Él quería que alguien revisara mis quemaduras inexistentes.

Había sido una locura. Era…

Sacudí la cabeza. En este momento tenía que dejar de pensar en eso y concentrarme más en mi blusa. ¿Dónde rayos estaba mi estúpida blusa, demonios?

Mientras me incorporaba del suelo y dejaba de buscar debajo de la camilla, la puerta de la clínica se abrió y esperé ver a la enfermera.

Pero no.

Era el chico ¿qué-harás-está-noche-nena?

Tomé rápidamente lo primero que pude y lo coloqué frente a mí.

—Disculpa —dijo él asomando su cabeza y encontrándome con la mirada.

—¿Necesitas algo? —pregunté rápidamente.

—No. En realidad… —dijo él y me mostró su mano—. Tú necesitas algo.

¡Mi blusa!

Caminé lentamente hasta la puerta y la tomé de su mano.

—Gracias —musité.

—De nada —contestó—. Yo… Te esperaré fuera.

Y antes de que yo dijera algo, salió.

¡Rayos!

Miré mi blusa y me la pasé rápido por la cabeza. Argh, estaba pegajosa y olía a café.  Necesitaba una ducha, ya.

Pero primero necesitaba salir de aquí. Sin embargo, sabía que el chico me estaría esperando afuera. ¿Qué podía hacer? Lo saludaría y me iría. Listo. Buen plan.

Salí despacio de la sala donde estaba y caminé por el pasillo. Lo encontré sentado junto a otro chico.

—¿Estás bien? —preguntó él, poniéndose de pie. Por Dios, era muy alto.

—Sí, gracias. Me tengo que ir —comencé a alejarme rápidamente.

—Oye —me llamó y me detuve, lo miré sobre mi hombro—. Siento, uh, haberte quitado la camisa.
 
—Si, eh... no te preocupes —y salí de ahí  como alma que lleva el diablo.

 
<----- Sinopsis